Era una tarde lluviosa. Se encontraba sola en casa, tumbada en el sofá con el pijama puesto, el pelo recogido en un moño despeinado, la bata que le habían regalado por su cumpleaños bien abrochada a su cintura y una manta que le cubría todo el cuerpo. Estaba calentita pero a la vez sentía frío, un frío que le recorría por dentro, un frío en su interior.
Tenía unos días libres, no tenía que trabajar. Había tenido todo el día por delante para hacer todo lo que le apeteciera, todo aquello que durante la semana y las largas jornadas de trabajo no tenía tiempo de realizar. Sin embargo ahora que tenía tantas horas por delante para ella no le apetecía hacer nada. Sólo quería dormir, pero no podía. No paraba de dar vueltas y más vueltas en el sofá pero no lograba conciliar el sueño. Estaba cansada, agotada física y anímicamente, pero ni aún así lograba quedarse dormida. Su malestar iba creciendo por momentos. Cuanto más se esforzaba por cerrar los ojos y dormir, más nerviosa se sentía.
Finalmente y de un impulso se levantó y se vistió. Un pantalón de chándal, una camiseta vieja, una sudadera y unas bambas desgastadas. Miró por la ventana. Seguía lloviendo pero decidió que no le apetecía coger el paraguas. Se puso la chaqueta, un gorro y una bufanda para guarecerse del frío. Cogió el Ipod y las llaves y salió de casa sin pensárselo.
Una vez en la calle empezó a andar, sin rumbo. Se puso los cascos conectados a su Ipod, le dio al "play" y la música empezó a sonar a todo volumen. Hacía mucho que no actualizaba la música almacenada en su pequeño dispositivo pero ahí estaban las canciones de siempre, las que quería oír. Las que siempre sonaban en "esos momentos", a pesar de ser consciente de que no eran las más adecuadas. Las letras de esas canciones seguro que no eran las más apropiadas para escuchar en "esos momentos".
Una calle hacia la derecha, una calle hacia la izquierda, cruzaba por aquí y por allá, se detenía cuando los semáforos estaban en rojo, pero no pensaba hacia dónde iba. Estaba perdida sin saber dónde la llevarían sus pasos. La verdad es que ni siquiera se lo preguntaba. En su cabeza tenía un único pensamiento. No podía dejar de pensar en el mismo asunto que desde hacía ya semanas la atormentaba y la tenía absorta en una constante tensión, hecha un mar de dudas.
"¿Por qué?". Eso era lo que más se repetía a sí misma. No había respuesta. "¿Qué debo hacer?". No había respuesta. "¿Qué quiero hacer?". Tampoco tenía una respuesta para eso. Tenía mil preguntas en su cabeza pero ni una sola respuesta que le ayudara a tomar una decisión sobre qué rumbo seguir, sobre qué era lo que tenía que hacer.
Tenía frío, estaba mojada y la lluvia no cesaba, cada vez caía con más intensidad. Pero más frío le provocaba la idea de volver a casa. De sentirse sola. Encerrarse y volver a entrar en ese bucle de pensamientos del que no lograba salir no era la idea de su plan perfecto para su día de fiesta.
Se sentía perdida, hacía semanas que lo estaba. Aquello que tenía en su mente y que noche tras noche no la dejaba dormir no era el fin del mundo, lo sabía, pero para ella en ese momento era algo importante, algo a lo que necesitaba ponerle remedio, pero no sabía cómo hacerlo.Y aunque intentaba sacar su parte más positiva no lo conseguía. En "esos momentos" su corazón era más fuerte que su cabeza. Ambos vivían en una contradicción constante. Y por el momento el corazón le ganaba la batalla a su cerebro.
De repente la música dejó de sonar (la batería de su Ipod se había acabado). Fue entonces cuando levantó la mirada, con lágrimas en los ojos y sin saber dónde se encontraba. Había andado sin parar por la ciudad durante horas. Esa ciudad en la que hacía años que vivía y que tanto le gustaba, donde tantas experiencias había vivido. Le costó unos minutos situarse y saber dónde se encontraba.
El corazón le dio un vuelco y se sorprendió al ver lo que tenía delante de sus ojos llorosos. Sus pasos la habían llevado a aquel lugar donde tantas otras veces había estado, aquel lugar que durante un tiempo había sido especial y que ahora formaba ya simplemente parte de sus recuerdos.
Estaba lejos de casa y ahora no se veía con fuerzas de seguir andando, de repente se encontraba agotada y estaba empapada. A pocos metros de allí había una estación de metro. Se dirigió hacía allí y como había salido de casa sin casi apenas coger nada, tuvo que colarse. Odiaba cuando veía hacerlo a los demás, pero en aquel momento ni siquiera se planteó que estaba haciendo algo que no era correcto,
En el vagón se sentía observada. Tenía un aspecto horrible, pero le daba igual lo que la gente pudiera pensar. Por fin llegó a casa. Cansada y sin fuerzas se quitó la ropa y se dio una larga ducha con el agua ardiendo, como le gustaba a ella en los días de invierno. Mientras se ponía el pijama puso agua a hervir. Cogió una de sus tazas favoritas y se sirvió un te bien caliente. Se sentó en el sofá, se tapó con su manta de colores y ahora ya más relajada, exhausta después de esa tarde bajo la lluvia, disfrutó de una rato de calma. De calma pasajera (sabía que los pensamientos de las últimas semanas volverían a su mente en algún momento) hasta que se quedó plácidamente dormida después de aquella tarde bajo la lluvia.

