diumenge, 26 de juny del 2016

Un día cualquiera.


Sonó la alarma del despertador. Era pronto, muy pronto. Se había acostado tarde la noche anterior y apenas había dormido unas 5 horas. Era lunes, "maldito lunes" pensó. Estiró los brazos y permaneció unos minutos más entre las sábanas intentando desperezarse. Finalmente y con esfuerzo se levantó. Una ducha rápida, con el agua bien caliente como tanto le gustaba. Abrió el armario y se quedó unos segundos pensando qué camisa ponerse. Le apetecía mucho más quedarse en casa en pijama pero después de un fin de semana intenso y muy bien aprovechado tocaba volver a la rutina de todos los días. Cogió la primera camisa que tenía en frente, una de color azul que le había regalado su madre en su último cumpleaños, se enfundó su traje y se anudó la corbata al cuello. No le gustaba nada ese "uniforme", prefería vestir con un "look" más "casual", con unos vaqueros y una camiseta se sentía mucho más cómodo, más él mismo. Debajo de ese traje sentía que iba disfrazado, pero su puesto de trabajo así lo requería. 

Se preparó un café bien largo para intentar despejarse un poco, cogió la cartera, el móvil y las llaves y salió a la calle. Caminó por las mismas calles de siempre y se cruzó con las mismas caras que veía cada mañana. Ya casi era como si se conocieran. Con algunos hasta se saludaban y si alguna mañana notaba la ausencia de alguno de ellos se preguntaba si estarían bien, si tendrían vacaciones...

Entró en el parking, subió al coche y emprendió el camino al trabajo con su emisora de radio favorita a todo volumen. La música le ayudaba a hacer el trayecto un poco más llevadero. Estaba cansado de esa rutina con la que tenía que vivir cada día. Hacía, en muchas ocasiones, los km's que le llevaban a la oficina por inercia. A veces llegaba, aparcaba el coche y no era consciente del trayecto que había recorrido. No le gustaba esa sensación.

Brillaba el sol y la temperatura era muy agradable. Pensó en la cantidad de cosas que podría hacer en un día tan fantástico como ese si no tuviera que ir a trabajar. Pero estaba claro que no tenía elección. El deber en la oficina le esperaba. Era consciente de lo afortunado que era al poder tener ese trabajo. No era nada del otro mundo pero tenía un sueldo a final de mes, que teniendo en cuenta los tiempos que corrían y la cantidad de gente que se encontraba en el paro, no estaba nada mal. Eso le permitía tener su pisito de alquiler, donde se había mudado hacía ya un par de años cuando había decidido que era el momento de independizarse, hacer planes con sus amigos, viajar y darse algún capricho de vez en cuando. Esas eran las únicas razones por las que sabía que no podía dejar ese trabajo aunque para nada le motivaba lo que hacía. Quizás había sentido motivación al principio cuando le contrataron. Por fin había encontrado un trabajo, tenía nuevos proyectos por delante, ilusión... Pero ahora, después de casi 5 años en aquella oficina donde cada día todo era igual, siempre haciendo lo mismo, ya no sentía motivación alguna. Realizaba su trabajo de forma mecánica, porque era lo que tocaba. Y lo hacía bien, era responsable en ese sentido, pero lo hacía sin ninguna ilusión, siempre contando las horas que quedaban para finalizar la jornada, contando los días que faltaban para que llegara el fin de semana otra vez, o tachando los días en el calendario esperando con impaciencia a que llegaran las vacaciones. Envidiaba a algunos de sus compañeros cuando veía que iban motivados al trabajo y que sentían pasión por las funciones que desempeñaban. No era su caso, estaba claro.

En más de una ocasión se había planteado que necesitaba un cambio, hacer algo diferente, algo que realmente le gustara y por lo que no le diera pereza despertarse cada mañana. Todavía no había encontrado en qué debía consistir ese cambio, pero seguía pensando en ello. Hacía ya semanas que su cabeza no paraba de darle vueltas al asunto. Tenía claro que algo tenía que cambiar porque con el tiempo se había dado cuenta de que lo más importante era sentirse bien consigo mismo, hacer algo que le gustara, salir de esa rutina. Sentía que el cambio estaba cada vez más cerca.Tenía que encontrar algo que hiciera que cada día dejara de ser un día cualquiera. 

dilluns, 20 de juny del 2016

Paseando por su ciudad.

Una calle estrecha en el barrio antiguo de la ciudad. Allí se encontraba ella aquella tarde de invierno. Le encantaba pasear por su ciudad. No le importaba el tiempo que hacía, si brillaba el sol o si estaba nublado, si hacía calor o si hacía frío, si llovía... le daba igual. Disfrutaba andando, perdiéndose y dejándose llevar  por calles y callejuelas y sin un destino concreto. Solía hacerlo a menudo, sola o en compañía. No le importaba, lo disfrutaba de todas las maneras, aunque de vez en cuando sí que agradecía esos momentos de soledad, tener ese tiempo para ella misma. Existía también tiempo para la familia, los amigos, la pareja... pero de vez en cuando necesitaba ese tiempo para ella, para estar sola consigo misma. Había quien le decía que eso sonaba muy aburrido pero a ella tanto le daba lo que pensaran los demás, ella saboreaba esos momentos para ella, momentos que le aportaban un montón de sensaciones positivas y para nada le resultaba aburrido.

Esa tarde, sin nada que hacer y sin planes hasta la noche, había decidido que le apetecía pasar una de esas tardes de soledad, tenía ganas de uno de esos largos paseos por la ciudad. Tenía todavía unas cuatro horas por delante hasta la hora de cenar en que había quedado con sus amigas para su encuentro semanal. Una tradición que llevaban años siguiendo y que no tenían intención de dejar. 

Salió a la calle, cogió el metro y se dirigió al centro de la ciudad. Veinte minutos después dejó el ambiente extremadamente caluroso de los andenes y al salir de nuevo a la calle un viento frío le acarició la cara. Lo agradeció enormemente, no soportaba el sofocante calor del subterráneo.

Empezó a andar por esas callejuelas que tanto le gustaban, por las que tantísimas veces había caminado pero en las que siempre acababa encontrando algo nuevo que la sorprendía. Se quedaba embobada delante de los escaparates de las tiendas de antigüedades o de objetos hechos a mano. Quedaban ya muy pocos sitios tan auténticos pero por suerte aún no habían desaparecido todos. 

Allí, en esa calle estrecha del barrio antiguo pasó un buen rato observando el escaparate de una tienda de juguetes. Juguetes de los de antes, de los de toda la vida, Muñecas, soldaditos de plomo, pequeños coches de metal, cacharritos para las cocinitas de madera, muñecos de plástico con los personajes de Barrio Sésamo... Todos esos objetos que tenía en frente la transportaban de nuevo a su infancia. Recordaba la cantidad de horas que había pasado jugando con juguetes como esos y se le dibujó una sonrisa en sus labios. Habían pasado los años, superaba ya la treintena pero recordaba su infancia con alegría y también cierta nostalgia. "Cuanta prisa tenemos en hacernos mayores cuando somos unos niños y que rápido pasa el tiempo después y como nos gustaría a veces volver a la niñez" pensó.

Volvió al presente y se puso a andar de nuevo. Unos minutos después pasó por delante de un joven chico que sentado en un pequeño taburete de madera cantaba mientras tocaba con delicadeza su guitarra. Lo miró de reojo pero no le prestó demasiada atención hasta que después de haber avanzado unos metros de repente escuchó como su voz ronca, grave y bonita empezaba a cantar una canción que le hizo dar un vuelco a su corazón. No era una canción cualquiera, era la canción, su canción, aquella que tantos recuerdos le traía.Volvió hacia donde estaba el chico y permaneció delante de él escuchándolo con atención, tatareando con él la canción mientras el joven la miraba y le sonreía con timidez. Al terminar se dio cuenta de que un buen número de personas se habían agrupado a su alrededor. Todos aplaudieron con fuerza. Le dejó unas monedas en la funda de su guitarra y no pudo dejar de decirle que tenía una voz preciosa, que cantaba con mucho sentimiento y que aquella canción le había transmitido una gran cantidad de sensaciones que no sabía ni con qué palabras explicar. Le dio las gracias por aquel momento vivido y se fue.

Caminó un poco más hasta llegar a una de sus plazas favoritas de la ciudad. No había mucha gente, era un lugar tranquilo y ahora en invierno aquel lugar no estaba todavía aglomerado por la cantidad de turistas que solía haber durante los meses de verano. Se sentó en un banco y permaneció un buen rato allí tranquila, relajada, observando como caía el agua de la fuente que tenía delante, viendo a la gente pasar. Hacía frío y hacía ya un buen rato que había ido oscureciendo, pero no le importaba. Le gustaba el frío. Además iba bien abrigada con su abrigo negro, los guantes que le había hecho su abuela unos años atrás, un gorro que había comprado en su último viaje y su bufanda favorita, aquella que él le había regalado hacía unos meses. Como había cambiado todo desde entonces.

Acarició la bufanda con cariño y con nostalgia, se levantó y siguió caminando esta vez al encuentro de sus amigas, feliz por esa tarde en soledad que tanto había disfrutado paseando por su ciudad.

diumenge, 19 de juny del 2016

Un día de esos...

Hace unos días un amigo me envió un link con un artículo que me pareció muy interesante, que me ha hecho reflexionar bastante y me ha llevado a escribir estas líneas hoy.

Antes de empezar a hablar de lo que me trae hoy aquí hagamos un pequeño paréntesis para decir que este amigo es una persona a la que aprecio muchísimo y a la que tengo mucho cariño, aunque creo que nunca se lo he dicho. Es uno de esos amigos a los que no ves a menudo, nos vemos muy de vez en cuando, de hecho suelen pasar meses cada vez que nos encontramos. Pero cuando nos vemos es como si no hubiera pasado el tiempo. Es una gran persona. Hace unos añitos en un momento de esos en los que por circunstancias de la vida te encuentras completamente perdido, me dijo unas palabras que me ayudaron a encontrar el rumbo. Sus palabras fueron lo que exactamente necesitaba en aquel momento y me dieron el empujón que tanta falta me hacía. Un empujón que hace unos días me volvió a dar. Gracias amigo!! 

Después de estas pequeñas palabras de agradecimiento volvamos al artículo que me ha hecho reflexionar y plantearme muchas preguntas. ¿Valoramos realmente lo que tenemos? ¿ Le damos la importancia que se merece al hecho de estar vivos hoy? ¿Disfrutamos de todo lo que nos rodea? ¿Hacemos lo que realmente queremos? ¿Cuántos miedos o dudas nos detienen? ¿Somos lo suficientemente valientes para afrontar nuevos retos?

¿Cuántas veces decimos "un día de esos ya iré...", "un día de esos ya lo haré...", "un día de esos ya se lo diré..."?. ¿Por qué no hacemos que "un día de esos" sea hoy?. En el artículo el escritor hablaba sobre una experiencia personal vivida hacía un tiempo que le había llevado también a plantearse muchas de esas cuestiones. Tenemos siempre montones de cosas pendientes que vamos dejando para "mañana", Un mañana al que nunca le ponemos una fecha, que va quedando ahí en la lista de pendientes. Está bien tener esa lista de cosas pendientes que queremos hacer, decir, descubrir... pero si se quedan sólo en una lista en nuestra mente, entonces no tienen ningún sentido.¿ Y si no hay un mañana?. Y no es solamente el hecho de que no pueda haber un mañana, es más simple que todo eso, se trata de hacer lo que queremos en cada momento, sin miedos, sin excusas, sin dejar pasar el tiempo. La vida pasa a toda velocidad delante de nuestros ojos y a veces no somos del todo conscientes de lo rápido que se escapa el tiempo, ¿Por qué dejar pasar la oportunidad de ir a ese lugar que tanta ilusión nos hace, con el que tanto hemos soñado? ¿Por qué no darnos ese capricho que tanto nos apetece? ¿Por que no le decimos a esa persona lo que sentimos? ¿Por qué nos da tanto miedo expresar nuestros sentimientos? ¿Por qué no dejar a un lado los miedos y dudas que nos detienen y nos impiden lanzarnos a perseguir aquello que queremos? Sí, no es fácil, lo sé. ( me incluyo en los primeros puestos de aquellos que dejan cosas para mañana...). ¿De dónde surgen todos esos miedos? En mi opinión y bajo mi experiencia personal en muchas ocasiones esos miedos e inseguridades nos los provocamos nosotros mismos. ¿Cómo? ¿Por qué? No lo sé. Lo único que sé es que tenemos que cambiar la actitud ante todo eso que nos da miedo, Hay que intentar con todas nuestras fuerzas dejar esos miedos a un lado, tenemos que vivir, vivir hoy y no esperar a vivir mañana. Hagamos lo que queremos, digamos lo que sentimos y pensamos, sin miedo a la respuesta que vayamos a obtener de nuestras acciones porque quedarnos con todo eso dentro no nos ayuda para nada. Seamos valientes.

¿Qué es lo peor que puede pasar si expresamos lo que sentimos o si nos lanzamos a perseguir un sueño? ¿Que seamos rechazados? ¿Que nuestros proyectos no salgan cómo habíamos planeado? ¿Qué nuestro negocio no funcione cómo habíamos imaginado? Entonces, si eso ocurre, volvamos a soñar con nuevos objetivos, nuevas metas, nuevos proyectos, nuevos sueños... pero no nos hundamos. Sintámonos bien y orgullosos por haberlo intentado. Por no haber dejado aquello que queríamos en una simple lista de cosas pendientes.

Toda esta reflexión son sólo palabras, pero hay que pasar a la acción. A lo mejor nos ha llegado el momento de cambiar el chip, dejar los miedos y las inseguridades atrás y lanzarse a decir lo pensamos de verdad, lo que sentimos, a hacer lo que queremos. Ha llegado el momento de hacer que hoy sea "un día de esos..."

divendres, 17 de juny del 2016

Les nits vora el mar.

Asseguda a la seva terrassa amb el mar al seu davant. Així es trobava ella aquell vespre d'un diumenge d'estiu. Tranquila, relaxada, pacient, observant, deixant volar els seus pensaments. Pensaments que viatjaven al passat. Tota una vida li passava pel davant. Tancava els ulls i recordava quan era una nena petita i en aquella mateixa terrassa contemplava el mar. L'observava amb la mirada inocent d'un nen. La inmensitat del que tenia al davant dels seus ulls sempre l'havia maravellat. Com li agradava aquella platja... 

No li calia esforçar-se massa per recordar com eren aquelles tardes d'estiu en que els avis la portaven a la platja a jugar amb la sorra, els cubells i joguines de formes i colors ben diferents. Estrelles de mar, crancs, castells de sorra... que feien v0lar la seva imaginació. Recordava la de vegades que s'havia banyat en aquelles aigües tan fredes. Records. Allò eren només records. I sentiments. Perquè cada imatge que li venia al cap li feia sentir alguna cosa especial. Un pessigolleig la recorria per dins. Estava contenta. Contenta per poder tenir encara aquells records amb ella. Contenta de no haver perdut la memòria, com els hi havia passat a algunes de les seves amigues de la infància, que ara ni tant sols la reconeixien. Sentia una forta tristesa per elles. Records d'una vida que els hi havien estat robats així com si res.

Ara l'àvia era ella. Ara era ella la que cada estiu portava als seus nets a aquella platja. I poder-ho fer l'omplia d'alegria. Tenia ja 80 anys però era una dona activa i se sentia plena d'energia i de vitalitat. El seu marit havia mort feia un parell d'anys. El trobava a faltar, sí, però quan pensava en ell un somriure es dibuixava a la seva boca. Tota una vida junts. S'havien conegut quan ella tenia 16 anys i ja no s'havien separat mai més, fins el dia que ell havia marxat per sempre. Tot i que a ella no li agradava sentir aquell "per sempre". Volia creure, de fet creia, que el dia que ella també marxés es tornarien a retrobar. Sabia que era gran, els anys passaven, però no volia marxar encara. Era conscient que la mort es trobava cada dia més aprop però no hi pensava gaire en allò. Disfrutava de la vida i de tot el que l'envoltava. Els seus fills i els seus nets eren el que ara la feia més feliç. 

Mentre ella era allà a la terressa deixant passar el temps, tots dormien dins l'apartament. Estaven de vacances i com cada estiu estaven passant uns dies junts. Una brisa fresqueta acariciava la seva cara, li agradava l'olor del mar i el so de les ones que trencaba el silenci d'un poble adormit. Era una nit de lluna plena, que reflexava la seva llum damunt de l'aigua del mar. I mentre era allà pensava en totes les estones que havien compartit en aquell lloc amb els seus avis, pares, amb tota la família. I ara, molts anys després, seguia gaudint d'aquell lloc tan especial però d'una manera diferent de quan era una nena petita. Potser ara li donava més valor als moments que hi passaven junts en aquella terrassa. El que era clar és que sempre li havien agradat les nits vora el mar.