dilluns, 20 de juny del 2016

Paseando por su ciudad.

Una calle estrecha en el barrio antiguo de la ciudad. Allí se encontraba ella aquella tarde de invierno. Le encantaba pasear por su ciudad. No le importaba el tiempo que hacía, si brillaba el sol o si estaba nublado, si hacía calor o si hacía frío, si llovía... le daba igual. Disfrutaba andando, perdiéndose y dejándose llevar  por calles y callejuelas y sin un destino concreto. Solía hacerlo a menudo, sola o en compañía. No le importaba, lo disfrutaba de todas las maneras, aunque de vez en cuando sí que agradecía esos momentos de soledad, tener ese tiempo para ella misma. Existía también tiempo para la familia, los amigos, la pareja... pero de vez en cuando necesitaba ese tiempo para ella, para estar sola consigo misma. Había quien le decía que eso sonaba muy aburrido pero a ella tanto le daba lo que pensaran los demás, ella saboreaba esos momentos para ella, momentos que le aportaban un montón de sensaciones positivas y para nada le resultaba aburrido.

Esa tarde, sin nada que hacer y sin planes hasta la noche, había decidido que le apetecía pasar una de esas tardes de soledad, tenía ganas de uno de esos largos paseos por la ciudad. Tenía todavía unas cuatro horas por delante hasta la hora de cenar en que había quedado con sus amigas para su encuentro semanal. Una tradición que llevaban años siguiendo y que no tenían intención de dejar. 

Salió a la calle, cogió el metro y se dirigió al centro de la ciudad. Veinte minutos después dejó el ambiente extremadamente caluroso de los andenes y al salir de nuevo a la calle un viento frío le acarició la cara. Lo agradeció enormemente, no soportaba el sofocante calor del subterráneo.

Empezó a andar por esas callejuelas que tanto le gustaban, por las que tantísimas veces había caminado pero en las que siempre acababa encontrando algo nuevo que la sorprendía. Se quedaba embobada delante de los escaparates de las tiendas de antigüedades o de objetos hechos a mano. Quedaban ya muy pocos sitios tan auténticos pero por suerte aún no habían desaparecido todos. 

Allí, en esa calle estrecha del barrio antiguo pasó un buen rato observando el escaparate de una tienda de juguetes. Juguetes de los de antes, de los de toda la vida, Muñecas, soldaditos de plomo, pequeños coches de metal, cacharritos para las cocinitas de madera, muñecos de plástico con los personajes de Barrio Sésamo... Todos esos objetos que tenía en frente la transportaban de nuevo a su infancia. Recordaba la cantidad de horas que había pasado jugando con juguetes como esos y se le dibujó una sonrisa en sus labios. Habían pasado los años, superaba ya la treintena pero recordaba su infancia con alegría y también cierta nostalgia. "Cuanta prisa tenemos en hacernos mayores cuando somos unos niños y que rápido pasa el tiempo después y como nos gustaría a veces volver a la niñez" pensó.

Volvió al presente y se puso a andar de nuevo. Unos minutos después pasó por delante de un joven chico que sentado en un pequeño taburete de madera cantaba mientras tocaba con delicadeza su guitarra. Lo miró de reojo pero no le prestó demasiada atención hasta que después de haber avanzado unos metros de repente escuchó como su voz ronca, grave y bonita empezaba a cantar una canción que le hizo dar un vuelco a su corazón. No era una canción cualquiera, era la canción, su canción, aquella que tantos recuerdos le traía.Volvió hacia donde estaba el chico y permaneció delante de él escuchándolo con atención, tatareando con él la canción mientras el joven la miraba y le sonreía con timidez. Al terminar se dio cuenta de que un buen número de personas se habían agrupado a su alrededor. Todos aplaudieron con fuerza. Le dejó unas monedas en la funda de su guitarra y no pudo dejar de decirle que tenía una voz preciosa, que cantaba con mucho sentimiento y que aquella canción le había transmitido una gran cantidad de sensaciones que no sabía ni con qué palabras explicar. Le dio las gracias por aquel momento vivido y se fue.

Caminó un poco más hasta llegar a una de sus plazas favoritas de la ciudad. No había mucha gente, era un lugar tranquilo y ahora en invierno aquel lugar no estaba todavía aglomerado por la cantidad de turistas que solía haber durante los meses de verano. Se sentó en un banco y permaneció un buen rato allí tranquila, relajada, observando como caía el agua de la fuente que tenía delante, viendo a la gente pasar. Hacía frío y hacía ya un buen rato que había ido oscureciendo, pero no le importaba. Le gustaba el frío. Además iba bien abrigada con su abrigo negro, los guantes que le había hecho su abuela unos años atrás, un gorro que había comprado en su último viaje y su bufanda favorita, aquella que él le había regalado hacía unos meses. Como había cambiado todo desde entonces.

Acarició la bufanda con cariño y con nostalgia, se levantó y siguió caminando esta vez al encuentro de sus amigas, feliz por esa tarde en soledad que tanto había disfrutado paseando por su ciudad.

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